Vapor de regaliz

Espero que estas letras te encuentren agustito, cerca de ti, lejos del ruido. Yo así te escribo, mientras me abro al calor de los vapores de una infusión de regaliz y milenrama. Fuera llueven plagas milenarias, la peste del miedo, máscaras de cuero viejo con forma de pico de rapaz.

 

Nos echo de menos.

 

Echo de menos nuestro calor, nuestra presencia salvaje, nuestra batalla pertinaz de generosidad y belleza. Echo de menos la espiral del bosque, los versos que escriben con su crecer las flores, las telarañas. Echo de menos el agua del arroyo, el aire del mar, los besos drásticos y sin paliativos. ¿Dónde estamos? ¿Acaso nos hemos perdido?

 

Sonrío y te recupero. Siento que nos llevo en la toquilla morada, en ese libro de fuego, en la figurilla de madera que me pende en el pecho de un cordón misionero. Estamos en aquella postal que viste mi pared, en el humo del palosanto que nos lava el aire, en las legumbres remojando/retozando en el plato de latón lacado.

 

Quiero que estés bien en estos tiempos tan raros. Te deseo semillas, aguas, raíces, tierra. Te deseo imágenes benevolentes y que te encuentren esas ficciones tiernas que te sacarán, seguro, de esta y de más. Espero que no digas palabras sino que digas lenguas. Que no abrigues las pieles sino los huesos. Y sobre todo, que no te saquen de tu casa, que no te saquen del cuerpo. Que desde allí puedas viajar a donde se te espera. Aquí conmigo, tal vez. Alli contigo.

 

Eucaristía del cuerpo consagrado

 

Ya desde el pórtico te seducen los sahumerios. A los lados, en incensarios de filigrana de plata arden trenzas de romero, salvia y menta untadas en resina de pino de mar, que van abriendo dulce y lentamente sus fragancias al paciente amor de la pavesa. Los aromas van penetrando tu conciencia rendida como una llave de vahos en espiral.

Caminas lentamente, y el mármol del templo se va inclinando a tu paso para ayudarte a llegar. Según avanzas van cayendo tus ropajes, tus joyas, los poderes mundanos, las neblinas del pensar, las palabras que sobran, el alquitrán. En plena y digna desnudez lunar llegas ante ellas. Te presentas. Ellas llevan túnicas y velos de vapor y sueño. Y solo hablan el lenguaje de la piel. Te reciben.

Empezáis el trabajo por los pies. Benditos sean los cimientos alados que te han traído hasta aquí, hasta el corazón lúbrico del templo. Alabáis lo rugoso de la piel de la planta, que a la vez es ternura y clama: caricia, espasmo, pasión, lamido. Dejáis poemas entre los dedos y ellas te imprimen bendiciones en las uñas, escuchan amorosamente a tus tobillos, hormiguean en tus tensas corvas y las hacen, por fin, descansar en la yerba al sol. En las rodillas alzáis plegarias a la dualidad original del turgente hueso y de blanda la corva que te permiten hacer y ser, y caminar vegetal y flexible, y no quebrarte.

Ya no ves tu cuerpo sino que lo eres tan plena y gozosamente que no puedes estar tan fuera de él como para mirarlo ni como para que te duela. Ahora, ellas también están desnudas. Cuando llegáis a los muslos, se echan a temblar los peces ciegos del inframar. Muslos de agua salada y mareas de miel que fluyen. En el coxis, suenan todas las músicas que has escrito con las ancas al caminar. Se oyen percusiones místicas, golpes de palma en la piel tensa del tamboril.

De repente, comienza el canto de unos labios acallados al abrirse, un desperezarse de granada henchida en sangre y en pepitas. Se está entreabriendo una voz que entona melodías como de alga rizada y zarzamora. Ellas lo saben y escuchan con los ojos cerrados y la boca abierta para poderse beber la canción toda.

Ellas siguen la labor y se acaracolan ahora en tu caldero vientre, cogidas de las manos en un corro. Hacen con su alquímica presencia que el veneno se torne latido de vida salvaje y plena. Te limpian con el humo ardiente de su aliento, queman con lenguas de fuego pétalos de palosanto y rosa en el espacio sagrado de tu útera al palpitar. Hecho esto, puestas en fila, contienen ahora tus pulmones como arena de playa entre manos inocentes. Tienen todo el tiempo del mundo para danzar la tonada de tu respiración. Se mueven felinas, gustosas, éxtasis. Saben que el alimento aire es el más preciado don que anima el agua de tu sangre y primavera. Respira. Respira. Respira para nosotras poder bailar.

La flauta se torna de nuevo tañido de tambor y, en el corazón, ellas te cuentan los cuentos-medicina que nunca antes habías escuchado, te desbrozan y limpian de rastrojos el prado del amar, y te dejan, como recuerdo, una medusa lila allí viviendo para que siempre sepas volver con los ojos de la víscera a tu visita al templo, para que no te vuelvas a alejar del territorio de tu carnalidad relatada.

En los brazos, poco a poco, con cosquilleos y susurros se van marchando. Con dedos templados inscriben letras antiguas en la piel suavísima de entre el corazón y la fosa del codo. Recitan nombres ya muertos y enterrados pero que aun dicen, les susurran a tus dedos nuevos platos que sabrás cocinar; presiones, roces y surcos que sabrás ejercer sobre otros cuerpos presentes para el amor; profecías y otras semillas para el campo fecundo del futuro.

Antes de irse, te lavan el pelo con vapor de azahar y manzanilla. Al hacerlo, te susurran silencios inmensos, bisbisean frutas. flores y secretos de humus en oídos abiertos como vulvas en ofrenda. Con todos sus dedos desfilando como blancas novias por tu cara, se visten, se van, se mueren de risa, se quedan.

 

 

Poema ortobiográfico

Tras nacer en letras de molde y en minúsculas 

me redactaron diacrítica perdida,

(ni dios ni raya en las costillas me aguantaban)

así que más me valió aprender inglés

y alzarme en una buena I inicial y pátrica

colgada de la esdrújula, tensa, silábica, con jota.

 

Cómo no, dos puntos después me haría correctora

y encontraría mil faltas 

porque los meses son comunes, y los días,

le puse la tilde a los “a mís”

sin la conciencia de que pa eso

se la tuve que quitar a los “a tis”.

 

Para escribirme de mano propia 

años más tarde

me solacé con caligrafías y con signos 

que traen historias y a personas en su urdimbre.

Así, coma, aprendí la lengua de las griegas, 

en que hay cinco formas distintas de escribir

el humilde faro en la isla de la i. 

omicron iota, ipsilon, ita, epsilon iota, iota

 

Con el nuevo poder de las alfas y las thetas 

haría que las amantas, criaturas y otros cuerpos 

reventasen al fin soberanas los paréntesis

para rodar sobre asteriscos lubricados

y erguirse en cláusulas centrales del discurso. 

 

Ya nunca más me fié de los puntos suspensivos,

que en ellos se plantan las banderas y cicutas

que envenenan nuestros cuentos infantiles

prefiero las comillas cuadraditas

que me dan hogar, pecho y legumbre,

que guardan la libación secreta de pan y letra 

de la que nutro un cuerpo baile de coma y punto.

 

Hasta hoy, coma, exclamación, ¡y que me como!

Que brillo y reverbero en un cuartillo

Que me agradezco mi vitalidad

y me atesoro

y que me saco el punto 

pa dejar la frase en bragas

que se derrame toda 

en un interrogante que se abre 

que me lo cierres a besos

o no

que fluyan mares

Relenguación en ternura para una pandemia fiera

Se nos cae la realidad consensuada, se nos caen horarios, rutinas, planes. Se nos caen las paredes encima a ratos, se nos cae encima el cuerpo de la persona confinada al lado. Caen en picado los índices de polución, caen las miguitas de pan de Pulgarcito que nos llevarán de vuelta a los restos del naufragio, caen bragas (espero) y por caer, se nos cae hasta la lengua que sabíamos. Pero es un caer como el caer de las hojas en octubre, elijamos creerlo. Es un caer de la luna pendiendo hacia lo oscuro, el caer de la sangre no violenta. Caer (cadere) dice lo mismo que cadáver. Y la muerte es la tinta, ahora más negra y clara, con que escribimos el regalo de la vida. 

 

Menos mal que existen las videollamadas, sí, pero ¿qué decirnos cuando hay poco o demasiado nuevo que contar, cuando los puntos de referencia han cambiado radical? El sofisticado tipo de comunicación que la lengua humana supone funciona gracias al trabajo de millones de marcos de conocimiento compartidos entre las personas implicadas en un acto de hablarse. Las unidades más mínimas y técnicas de esta complicidad serían las palabras lingüísticas, tú y yo sabemos (creemos) lo que una “col” quiere decir, o que “salía” sucedía antes, cosa que una persona de Seúl no necesariamente sabe. Pero hay mucho más. Factores socioeconómicos, culturales, corporales pero también intereses, deseos, relatos, dolores, viajes, guerras, (est)éticas, epifanías, platos, calcetines… las hebras del tejido de la existencia y del yo hacen que al tirar de ellas frente a alguien, esa persona comprenda, o no. “Tú y yo nos entendemos”. O “es como si nos conociéramos de siempre” podrían ser muestras de este fenómeno importante, trascendente, religioso, de expresarnos y de sentirnos comprendidas frente a una otra.

 

Por otro lado, ¿qué nos decimos al encontrarse nuestros ojos entre sí, frente al cadáver? Hay un pudor especial que da saberse en una tragedia compartida. Los tinglados de la feria de necesidades, emociones y mensajes del contacto cotidiano hay que montarlos en otra parte. Por ejemplo, “hola” todavía sirve, pero ya no vale “qué tal-bien”. Ahora hemos de preguntar de veras “¿cómo estás?”. Para vernos. Para invitar a la gente a verse, saberse. Por ejemplo, pienso en esas personas que estarán cuidando sin pausa posible, a criaturas, a dependientes. Cómo estáis. 

 

Las expresiones que inician conversaciones tampoco valen: dónde estás, qué vas a hacer este finde, qué pasó anoche. Tampoco los cierres: a ver si nos vemos, te llamo otro día y quedamos, pásate por aquí una tarde. No podemos preguntar qué tal con Chema, o con tu madre, o con el crío, si el piso es pequeño y nos van a oír. No hablamos de eventos, partidos, clases. No es fácil calibrar el lugar común donde nos encontraremos para comunicar, serpenteando como vamos entre distintas emociones y estados de lo mental.

 

Para cuidarnos, podemos replegar los relatos de lo cotidiano, a menos que vengan preñados de alegría y puedan fertilizar otros hogares. Propongo decirnos cuentos, poemas, canciones, en los mensajes escritos, de voz, en las llamadas. Lanzarnos un fragmento una a la otra, y ver a ver qué despierta en nuestra entraña. Estar juntas y hablándonos sin tener que rasgarnos en la  alambrada de la nueva realidad consensuada, que está por negociar, que aún no es carne sino un mejunje viscoso que da miedo. 

 

Pronto volverán las verbenas y los mercados, pero serán otros; los amaremos.

 

Feliz año nuevo persa, feliz equinocio de primavera. Que también hace su trabajo y llega.

 

Y ya mi piel es un libro tan abierto

Por las noches, para dormirse, Maureen se contaba el relato de les amantes que había habido. Día tras día, en el momento de encontrar la postura preferida para yacer y cerrar los ojos, se ponían en marcha como un automatismo esos momentos otros en que Maureen había rendido la mirada ante un avance grosero, dulcísimo, de placer soberano. Entonces, Maureen recordaba. A partir de un sudor, de un temblor, de una postura o de un verbo: la piel, voz de la víscera, contaba. Cada día un capítulo distinto, o a veces el mismo durante semanas. Podía narrarle un amor entero, desde el trabarse gozoso hasta el absurdo neumático del fin; o tan solo una tarde de pipas, una espalda borrosa, la filigrana en piedra de una boca insolente y roja. Cualquier detalle era susceptible de ser recuperado por el cuerpo parlante de Maureen. En realidad, todo había comenzado una tarde cuando comprendió, gracias al primer lápiz de crucigramas al que encontró desamparado en la ensaladera, que la memoria era carne, que su cerebro era cuerpo, y que la mente se le estaba empezando a desvanecer junto al grosor de su pelo, su vigor muscular, su estatura, su porte y su poder adquisitivo. A partir de ahí, decidió emprender un viaje heroico hacia la caricia postrera, aquella electricidad de piel cuya sombra la llevaba sobrevolando demasiado tiempo: ¿acaso habría una más? ¿Sería tocada? ¿Sería vista, oída, olfateada, contenida, habitada, desparramada, bebida? O no sería, se dijo Maureen, pero ya no importaba. La victoria está hecha de tiempo y de palabra. Y ya mi piel es un libro tan abierto.

Tres fotos de tinder y muchos audios de guasap

…como no he estado nunca en tu olor
tu voz me huele caliente
a pan y a sopa
a barniz oscuro, a raíz profunda
me hueles a madriguera de gnomos,
de conejos.
…sé de ti que hablas el idioma verde estricto
de la lluvia en bosque
y que tu arte
son las esporas marciales del helecho.
Mira,
si te me dejas llover,
te vuelvo barro suculento
ese que modela las figuras
que dan carne
a los cuentos que nos calman en la noche
(via guasap).
Hoy
tengo una cita con el sol para decirle
que no te dore más la piel
que me la deje
que te quiero abrazar la cara toda
con ojos, dedos
y que te quiero abrir de labio poco a poco
y que me cuentes
cómo se declina la pandemia
en el núcleo de una oración desconocida
de (d)olor a limo, a hogaza, a setas.

Por qué se llamarán caquis

 

En la hora de la puesta azafrán de la Pareja, 

los hilos color gato de la edad enharinando 

la tersura río de la carne que fue altiva

solidaria y fiel a otras tersuras tensas

todavía.

Ahora sí, que empiece el amor y mucho

del cuerpo a cuerpo y desde el cuerpo

ahora sí en serio amando amando

sucesivo, trascendental, subversivo

desde el implacable amor a esta carne y fruta mías

y que sea como rezar, como salvarse

como que un cuerpo nutra a otro realmente.  

Y tengo que deshacer memoria

y desescamar todo lo viejo, lo difuso, 

lo que no se puede agarrar con las dos manos y la boca

lo que es sordo ante el poema que una vulva sabia balbucea

Para que así, solo queden la cofradía del bivalvo y de la perla

pues ahora que sé que se trataba de jugar

a una teta y a un bebé

a caquis, a sal de espuma, a erizos

a poner en contacto lo más blando, 

con lo blando

o con un pene en flor en tallo

a ser fruta en boca en boca fruta en boca,

a liberar lo fruncido en un espasmo como de cuerpo sideral agónico

de no me importa morir porque morir no se puede decir con la boca llena de fruta sin reírse 

henchir pulpa, rasgar la fina pielecilla

sacar lo de adentro

palosanto

para que fluya el mar, la esponja

y sentir orgasmos como plazas

el arte efímero de la mirada del ahogado

la desnudez, por fin, en la pupila

cuando sonríes niño

al decirte yo 

que qué bonito.

los peces de Cortázar

y mis medusas

ay, qué bonito.

déjamelo un poco, que te lo cuido.

Dolor folicular

Tú estás ahí a lo tuyo, manejando sueños e ideas como serpentinas o brazos de diosa hindú, recogiendo restos amarillentos del desayuno o produciendo valor para el capital, como sueles, como si tal cosa. Haces como si nada, como si no estuviera ocurriendo, has olvidado. Y sin embargo, sucede. Una y otra vez, impepinable, fecundo, como esos perdidos veranos de sal quemada en la piel y erizos abiertos. En el arcano de tu cuerpo-templo, en las tinieblas rosadas de tu vientre, que huelen como el mar profundo huele, a mar y a pulido corazón de caracola. 

 

Un envoltorio de carne y pálpito a la izquierda o a la derecha de tu útera se rasga desde el interior, como haría un cuerpo madre. Sin mirar, sin ojos, como si no fuera magia. Y al abrirse, pare un huevo, así de grande, así:., como este punto:. Y el milagro oval se convierte en la célula más grande de nuestro cuerpo. La célula reina. Que ya viene muriendo, sacrificada, tras unas horas de gloria efímera, plasmática y brutal.

 

Y ese paso duele un poco, a veces, si estás atenta para recolectar el dolor. Mittelschmerz. Dolor del medio. Se trata de un dolor no inflamatorio, no hay tumefacción, calor, rubor. Es algo así como sentirse habitando el alma de la fibra que prolifera, bailando en el centro geográfico o cintura de la madeja. Es un dolor centrífugo, hacia fuera, espíritu de lo que expande y grita por un espacio propio. Es, quizás, como el dolor de los peces al crecerse peces grandes. Como un dolor de niñe en una ciudad sitiada. Como el dolor de unos ojos vivos arañándose contra una valla infranqueable de crueldad muerta.

 

El “folículo” es la bolsa, el origen-raíz nutricia, la función de maternar. Viene del latín y quiere decir saco, recipiente hinchado, con espacio y aire en su interior. Como palabra, está relacionada con el fuelle, con la huelga, y con el follisqueo, también (follar=darle al fuelle), Las malas lenguas etimológicas dicen que la raíz más antigua de la palabra además daría falo en griego, por aquello del receptáculo que se llena de sangre y hace de sí un estandarte cultural bajo cuyo yugo aún tratamos de ovular malamente, como podemos, con un dolor del demonio, o sin conciencia. 

 

Yo quisiera que todes quienes ciclamos empezáramos a ovular bonito. Luz y paz y música de algas nos deseo para el recóndito, sacral y valiente viaje heroico de nuestros huevos, que sí lo son, que no son perlas, que son huevos.

 

Crónica desde el otro lado

Cómo sonaría si se musicase.

De qué colores sería si se pintase.

Cuántas cifras daría si se contase.

El dolor clamor de unas tripas al recortarse de un crío al que se le venía amando animalmente.

(Separarme de él 3,5 días por semana es el precio de mi seguir siendo en dignidad. ¿Pero  y lo es?)

Y no llegar a saber nunca si era esta la opción más adecuada.

Ni qué sabor tendrá la ausencia de mí en su boquita tierna.

Ni qué temperatura tiene el hueco vacío de mi cuerpo de noche junto al suyo.

Ni qué textura le está dando a la esperanza de que, por fin, se haga de nuevo miércoles, y vuelva.

Escultura de Leonora Carrington: https://www.leocarrington.com/

Madera metal piel voz

Os cuento que persigo el momento breve eterno

paredes de barro amasadas derretidas agua

en que desplegaremos, por fin

nuestra soberana humanidad liberta en gozo.

Gloria fastuosa de un frágil, raro

equilibrio de carne en dilatación y verbo en labio.

Vente ya pa cá, platero.

Exuberancia animal en el olfato

deshilvanar cuerdas, petar las jaulas

escribirte en código libidinal abierto.

Trabajar la materia con manos en imán

de amor humano que reza y suda

reunir las piezas que se pueden ensamblar

así (manos en bollo).

Funde, licúa, forma, continúa.

Ven con herramientas que tallan y no cortan

la voz es creación efímera de la saliva cincel.

Como te escucho y huelo, tu savia ya está en mi cuerpo.

Y me calma saber que mi voz-baba se te adentra.

Ábreme, por dios, ese impúdico labio inferior tuyo.

Encía en flor arropas con el alma de un tabaco.

Sabes a todo.

Ahora es cosa de subir la intensidad de la conciencia,

dilatar en abundancia el taller de los sentidos

para percibir el metal y la piel que hacen tu boca.

Hazme un amor de madera, carpintero,

esculpe para mí un lápiz

con esas manos

si es que dejo algo más que gotas en las comisuras

cuando te las pille por banda

y me las coma.