Consumo cuidado

Se busca(n) persona(s)
ajustable(s)
efervescente(s)
reversible(s)
versátil(es)
ignífuga(s)
y multifunción
que, a poder ser,
venga(n) con cremallera inoxidable,
fácil ensamblaje,
elevalunas por 5G,
forro de oveja merina,
carrocería en laca,
múltiples velocidades,
final feliz,
opción vegana,
optimizador de color dinámico
y en oferta irresistible
(solo por hoy).

Interesades,
razón aquí,
háganme la cola
respetando los dos metros de seguridad entre individuos.

Elegía rebelde de enero

Las fiestas que faltan son tajos en la carne de los tiempos. Nuestra carne en salazón, ahumada por generaciones, siempre ritualizada, repartida, es ahora conglomerado cárnico bajo cero. A la espera, en el mejor caso, de un consumo nervioso y soez al pie mismo de la heladera.

Los abrazos y caricias que no están son siegas tempranas, ¡ay!, de la cosecha comunal de estío. Ese verano que antes siempre retornaba porque era esperado, ansiado, preñado en madrugadas lúbricas de deseo colectivo. Pero ahora, la piel hecha hambre despide chispas informáticas como yéndose a apagar dentro de un rato.

¿Y será pues que debamos poner cornamenta vencida en tierra para dejarnos extinguir, devenir fósil, quejido? Pues yo digo que no, que descansemos y que después, honremos más que nunca el torrente de revolución que nos recorre el cuerpo por dentro. Batir la sangre como se pueda hasta que escampe. Arrimar la sangre al fuego, y templadita, ponerla en común, que nos la beban, que la bebamos rica en la verbena mental que da el amarnos.

El elixir de la vitalidad está en nuestro poder aún. Es eso lo que nos pelean. No llevamos solo líquido inerte y azúcar en las venas. Todavía podemos decidir los términos del sacrificio. Ante qué dioses vamos a declamar los glóbulos en verso. Frente a qué altares vamos a tejer nuestras canciones de plasma y hierro. Que languidezcan ellos, que lo que es a mí, me hierve la sangre y la voy a seguir meneando, como un culo, como una verdad eterna en acto solar de rebeldía.

(La imagen es de aquí, creo: https://wall.alphacoders.com/big.php?i=290275&lang=Spanish)

Fragmento de Isla Ternura

Desmontando al Homo Economicus. Postales desde Isla Ternura

Belén Martín & Enara I. Domínguez

ISBN: 978-84-12-14435-2

A la venta por 17 euros en librerías del estado español (si no lo tienen, puedes pedir que lo pidan, así difundimos 🙂 También hacemos venta directa (con 6 euros de incremento por el envío, total 23 euros). Si te apetece, contáctanos en desmontando_he@riseup.net

Una ilustración de @lulumka para el libro

“Érase una vez una mañana de invierno en Isla Ternura. El mar está en calma, su inmensa superficie ondulada como de tierra azul es barrida por el aire frío hacia un lado, hacia el otro lado, hacia un lado, hacia el otro lado. Se oyen apenas rumores de los cantos profundos de los peces. Las colinas nevadas tornasolan sobre capas de cielos difusos, añiles, anaranjados.


En la playa larga, dos pequeñas viajeras abrigadas en monos espaciales se preparan para abordar la nave. Con ritmo y diligencia van preparando sus aparejos, los víveres y la pequeña biblioteca de campaña que va dejando caer letras a la arena poco a poco. La situación es grave. Por eso, las viajeras del espacio van a cumplir una misión que su poblado les ha encomendado. Se trata de un encargo crucial: salvar el nombre de las habitantes de su isla, que ha caído en las garras de una terrible maldición.

Hace ya algún tiempo, las criaturas de Isla Ternura se levantaron una mañana cualquiera, pero no encontraron la luz espumosa que las solía acompañar al amanecer. Había algo de opaco, inerte, arenoso en el cielo de aquel día infausto. ¿Qué es esto? ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Hemos sido encantadas? —se preguntaban unas a otras reunidas de urgencia en la plaza. Enseguida echaron a rodar habladurías sobre los legendarios filósofos, unos malvados seres de los que se decía que mataban con sus lenguas venenosas bajo elegantes ropajes blanquinegros.


Pasaban largas las horas de su pena honda, y las criaturas de Isla Ternura iban comprendiendo la magnitud de la tragedia: se habían quedado colgadas en un cielo gris-informática, indiferente, mortuorio: ya no había
astros ahí arriba, ya no había sol, ni luna, ni estrellas ni planetas ni constelaciones. Solo una luz difusa de origen desconocido se expandía perezosa sin baile ni descanso. Y es que sin astros, en Isla Ternura ya no había días ni noches, y por tanto, ya no había canciones que cantar ni historias que contar, porque no se sabía cuándo hacerlo. Tampoco había ya estaciones, la sequedad lúbrica del verano, ni la concentración fértil del invierno. No había ya castañas, fresones ni turrón. También se habían quedado sin poesía porque no podían ver la luna, y no hacían nunca nada nuevo porque no había un sol que encontrar en la mañana al levantarse.

La situación se estaba volviendo insostenible. Nada tenía sentido bajo un cielo monótono e idéntico, siempre igual, siempre detenido y en suspenso. Las plantas se marchitaron y dejaron de dar fruto, las personas chiquitas no jugaban ya, muchas mayores se sintieron deprimidas y se acurrucaban entre las piedras a morigerar un poco. Y así, al final, se dieron cuenta: cuando la maldición llevaba ya mucho tiempo instalada en Isla Ternura, sus habitantas comprendieron que ya nadie se moría, porque tampoco vivían. Entonces, naturalmente, dejaron de darse nombre unas a otras, y pasaron a comunicarse con murmullos indiferentes. ¿Para qué nombrarse, cuando se es siempre igual, cuando se es lo mismo bajo un cielo mudo y estático, cuando no hay nada que decirse?”

Madrid sin bares suena como una pesadilla y aún así

Qué se vuelve la ciudad cuando la dejaste hace ya tanto. Qué te vuelves tú para la ciudad cuando te has ido. Qué pasó con ese ente terciario que formabais la ciudad y tú cuando erais juntas.

Las dos hemos cambiado mucho en estos años. De ella me quedaban aún: el dolor de espalda de los libros que he apilado por los caminos, un regusto a palabras asadas y a castañas certeras, y los umbrales rojos y valleinclán de cada noviembre. Pero ahora tengo a noviembre hecho bola de amargor en la garganta porque este año Madrid está enmascarada, aséptica, muerte y sin bares, y yo no puedo ir a verla/ ir a serla.

¿Tengo derecho a saber el pronóstico del tiempo en Madrid cuando ya no puedo cuidar a Madrid? ¿Es adecuado llevar por ahí en el cuerpo sus timbres, sus cadencias y colores cuando no estoy ahi tirando de la estaca con ella?

Echo de menos a Madrid, echo de menos a moratones sus paginas doloridas, sus manchas de grasa en pedazos tristes de ABC, los ladrillos de hueso astillado que la sostienen, tanta esperanza, alegría rebelde y revuelo de faldas en calles que huelen a pis de amanecer y poética tabernaria.

Yo solo ruego que quede algo vivo, algo común para cuando vuelva, algo que darle al hijo cuando por fin pueda llevarle a Madrid a enseñarle el mar donde yo antes naufragaba con gusto y sin gaviotas. Cuando vayamos a Mar-drid, que es lo que él dice, porque algo sabe.

El museo de los cuidados I

Sean bienvenidas y bienvenidos al museo de los cuidados. Ya se habrán dado cuenta de que en nuestro museo, las paredes no son blancas ni de colores pastel. De hecho es que el blanco nuclear aparece solo en la exposición temporal que pueden visitar en nuestro sótano, llamada «artefactos industriales de ¿cuidado?». Allí se han expuesto antigüedades como pañales/dodotis, pañuelos desechables/clínex, compresas, tampones/tampax, toallitas húmedas, chupetes, papel higiénico, crema de cuerpo/body butter y otras reliquias de la era postindustrial que, gracias a las elaboradas condiciones ambientales del museo, todavía conservan intacta su carga de colorantes y olores químicos para poder ser percibidos por nuestras/os visitantes. Al ser la exposición de tipo multimedia y multisensorial, como todas las salas del museo, allí podrán sentir en un simulador cómo la lejía del tampón es absorbida por las membranas de su vagina inflamada y menstruante, o la sensación de llevar sus genitales envueltos en plástico y orines durante años, los más tiernos de su vida. Al final de la exposición temporal, se exhibe una colección de fotografías de la artista María José Garrocha, en la que los detritus del cuidado corporal posindustrial irrumpen en paisajes del urbano decadente. Una compresa de plástico sangrada entre jeringuillas a punto de ser atropellada por un tren de cercanías en la periferia es una de mis imágenes favoritas.

Y bien, lo primero que les llamará la atención del museo, como decía, es que las paredes de las salas de la exposición permanente lucen colores atípicos y fluctuantes como rosados, rojos, varios castaños, el lila, incluso, anaranjados, tonalidades de piel, de tierra, de pulpas de la fruta. Hay incluso amarillos en varios grados, desde el suave amarillo ictericia al amarillo intenso pis del amanecer. Y un abanico de grises: gris resaca, el gris plata de la cana y el opaco gris deberes, entre otros muchos. Les recomendamos que durante su visita mantengan sus sentidos a resguardo y, para no perderse, se sumerjan solamente en las experiencias que consideren asequibles para su condición física actual. Este museo no es apto para escrupulosos, cobardes ni posthumanos.

Comenzamos nuestra visita en el primer piso. Aquí se reflejan todos los cuidados que tienen que ver con la infancia y el hogar. Su piel reconocerá enseguida el aumento de la temperatura ambiente. No se priven y prueben de las distintas tetas dispuestas en el corredor de la derecha y que les transportarán al mundo de la fusión total con lo madre mientras van incorporando nuevos sabores a su paladar. Envuélvanse en las muselinas y déjense fajar por un rato. Si están preparados para una experiencia radical, sean porteados en fular y arrastrados en los carros gigantes del fondo de la sala. La cola comienza aquí. Esta otra cola es para el simulador de caricias. Con distintos artefactos de terciopelo y peluche en fibras naturales hemos conseguido reproducir las sensaciones corporales que siguen a una caricia humana auténtica. Al final de la sala, si se ponen los auriculares, escucharán diferentes sonidos como una genuina cena de nochebuena (quédense hasta el final si gustan de sensaciones límite), las insistencias de una madre que no quiere que su retoño pase frío, etc. En diferentes puntos pueden degustar platos diversos, meriendas y desayunos. También se les hará poner calcetinitos, bufandas y lavarse los dientes y las orejas, quedan avisadas/os.

La visita continúa en el segundo piso. Permítanme una pausa para beber un poco de agua.

Rasheed

Pálpito inmediato. Su forma de andar, como feliz, como bailando. Juguemos a fingir que podemos esperar, a ver si nos sale algo. Madre, ese perfil, esos ojos tan negros, de un lado a otro, esa risa tan niña. Yo trato de escucharlo pero me estremezco, siento de antemano el rodillo de jade de su piel en la mía. No llevo cuenta de la cerveza que nos contamos, de los cuentos que nos bebemos, de nada. Estoy entera para este flujo de deseo apenas velado por la conducta aparente. Darse la mano como con pulpos. Besarse en el metro, empaparse, volar. 

Debo obtener el beneplácito familiar y lo logro hablando de versos sufíes y espiritualidad mística. Por fin se marcha su primo a dormir y, con un rugido, Rasheed se abalanza sobre mi escote. Muerde y chupa como con hambre eterna, él no se esconde. Es una criatura tierna, un niño de uno noventa, animalillo lechal. Tengo puntos de sangre en las tetas, moratones, pero en aquel momento, con Rasheed absorbido por ellas, solo sentí placer, un placer inmenso, doloroso, pero porque era como querer agolpar en un cajón un mar entero. 

Casi como sorprendido, vergonzoso, me deja quitarle la ropa, acariciar su piel en flor de nuez moscada. Rasheed es suave y canela, dulce y tierra, y parece cerrar los ojos negrísimos para contenerse cabal, para no reventar de gusto. Hicimos el amor como bailando, como felices. Sin ideas ni transiciones, solo buceamos. Dentro de mí su cuerpo, el pálpito crece, se hace tambor, ya no oigo nada, y me corro como sin querer, sin registrarlo, toda yo solo soy vulva y zumo.

Me he dormido y me despierto con sus manos de avanzadilla que abren, revuelven, dilapidan el placer como en un bucle. Sin darme cuenta está dentro otra vez, pene de flor de macis, dice que se corre, se corre y lo recibo en un rezo místico, un sacramento, un matrimonio carnal profundo. Y así tres, cuatro veces, no importa cuántas, todo es tan puro. No caben números ni voces ni contornos ni nada que no sea piel, ternura, flujo.

Amamantar a Rasheed, ser adorada por él, que no se crea su suerte, Verle Desnudo en sentimiento y piel, cuidarle. Momentos atemporales, de breve eternidad, trascendencia absoluta, de redención, de arraigo.

Flotante cuerpo deriva

Ir a tumbarse (a hacerse tumba) como si se pesase un quintal, y sin embargo, posarse en la cama ya leve como un pétalo niño de flor, como una pluma, en tránsito de verso, como una ceja que escampa. Y al contacto con la caricia fresca del textil ensimismado, el cuerpo palpitante desabrocha pretiles, fluye en aguas.

Nuestro presente, relato impreso a duras penas en papel de aluminio con un punzón, se desvanece en copos de plata de asunción ingrávida hacia el sol. Descanso, sí, u oración, rezo apasionado que se eleva feligrés en esa espiral de polvo de las hadas. La cuerpa se envulva peregrina hacia la meca del centro místico del ser suyo revelado.

La gravilla sedimenta poco a poco. Se van fundiendo visiones, los palacios, ábsides de pan de oro, naufragan estatuas, mortalejas. Los ganchos se derriten al amor de la húmeda y gemerosa fragua, el rey se queda en mundana ropa interior, con dobladillo y zurraspa, luego se marcha.

Las ligaduras, así, se van soltando; las pinzas y las perchas se entregan extasiadas, y un pálpito templado cabalga las olas rojas de un profundo amor de bomba hidráulica. Lo tenso, explaya; lo contraido, derrama; diástole la sístole; llega por fin la calma plena.

Flotante cuerpo deriva, hecho uno con sus corrientes ocultas, manantiales, profecía, ceguera abisal, sopor nacarado, placidez de huevas. Silencio preñado, fértil. Promesa, verdad y arena.

Así como te amo te descanso. Te acunaré, taparé, portearé, cantaré, narraré, y te acompañaré (te haré), por fin, en un olvido satinado de algas, en un lugar donde la piedra y el agua son hermanas o lo mismo, pues manan generosas de la misma fuente colosal de la galaxia madre, teta viva que rige el tiempo y la materia, que nutre el misterio besable de tus párpados lila que descansan, en mí, que los descanso.

Sucesivas

«Ella es tu nueva yo y tú fuiste la nueva de alguien ». Ana R. Pajarito

«Tal si fuese la vida/ lo que el amante busca,/ cuántas veces pisaste/ este sendero oscuro/ adonde el cuco silba entre los olmos,/ aunque no puede el labio/ beber dos veces de la misma agua,/ y al evocar la hondura/ una imagen distinta respondía,/ evasiva a la mente,/ ofreciendo, escondiendo/ la expresión inmutable,/ la compañía fiel en cuerpos sucesivos,/ que el amor es lo eterno y no lo amado ». Luis Cernuda

 

 

1

Es rubia y sonríe. Me recuerda a Julie Delpy en la portada de Tres colores: Blanco. Tiene el pelo rizado y breve.  Se está casando y es feliz. A los lados de la pareja, el hijo de él (con casi la misma edad que ahora), la hija de ella. La foto sigue colgada en la nevera con un imán. El piso es un nido precioso. Honra la sabana africana y los setenta  nórdicos al mismo tiempo. Como en una rima urbana, hay varios elementos que recuerdan a mi propio apartamento. Especias, hierbas, tés y sales en estantes estrechos de madera cruda. También, un montón de libros rebosantes de brisas y de vísceras. Y cuadros por todas partes. Diría que más que él, me gusta lo que él (se) ha hecho estando con ella. O en plural. Nunca la he visto, pero la quiero mucho. Se llama Karin.

 

2

Tiene el pelo castaño, salvaje, y sonríe grande con los ojos achinados. Lleva una chupa morada y vaqueros, tiene las manos y los dedos romos de chiquilla. Nos encontramos por casualidad frente a frente junto al canal, y se hace a un lado para que su novio y yo decidamos con qué cara y qué palabras distintas saludarnos. O quizás sea yo la que titubea. A él parece que le da más bien igual; está feliz y le da igual. Pero yo estoy perdida. Mi hijo la observa y ni siquiera mira a su padre. Después sabré que se llama Annabel, aunque a mí me parece que debería llamarse Matilde. El niño habla de ella a cada rato. Me gusta Annabel, pero sé que nunca le diré nada de todo lo que (no) debería decirle.

 

3

Estoy en Grecia y en Bahía, en la playa, en la taberna, en el mercado. Junto a unos azulejos de la Alfama portuguesa. Me río y abundo, materno y leo. Curvas y rizos. Luz y colores. Mi bebé me mira con adoración. En otras lo miro y me derrito yo. No hay fotos en que su padre y yo estemos juntos, él nunca quería pedirle a nadie que nos sacara. Aún pendo de las paredes de mi antiguo piso porque se me negó la soberanía de descolgarme.  Qué coño se propondrá. Pero yo no quiero estar allí y no quiero que ella me vea. Quisiera que esté todo aquello libre de mí, no dejar rastro, para así estar yo libre, también, de todo aquello. Y de todo lo que ella me recuerda que yo fui, con/por/para/a él. Además, ella se merece una pared blanca, limpia, aunque en un rincón tras el sofá desborden ríos de papel pintado.

 


 

Páginas de libro, cuentas de collar, hojas en tallo. Los contactos entre nosotras serán mínimos pero, por otro lado, estamos engarzadas en un mismo hilo narrativo. Somos el mismo pedazo de madera tallada en esculturas diferentes; somos hermanas, hermanastras. Nos sostienen y nos encienden las mismas manos en tiempos y espacios diferentes, o en tiempos simultáneos, en espacios calcados. Una recibe los besos largos y húmedos que perdió la otra; aquella se pone el albornoz que esa compró; alguna agoniza de lo rica que es esa mano en tenedor que otra le enseñó a él que hiciera en la cama.

La exmujer en la nevera, la novia junto al canal, la madre en las fotos del cuadro. Puedo ser o no cualquiera de las tres y me calma que las tres existamos como tres momentos de una misma rueda absurda de narración y fluídos. Me calman Karin y Annabel, sus sonrisas como puertas de entrada a suculentos laberintos  oscuros de sueños y de deseo, en que yo habito. Sonrisas de mujeres que quieren amar pero que, como compartimentadas, no se dirigirán unas a otras, solo un momento, tal vez, temblando junto al agua. Separadas por membrana celular, por un inquietante sortilegio, separadas entre nosotras, y separándonos de ellos, y juntándonos a ellos. Y separándonos y volviéndonos a juntar. Y follando como diosas al principio. Y marchitándonos y florenciendo.  Y en el mejor de los casos aprendiendo ternura a trompicones. Y así. Y es lo que toca, qué le vamos a hacer: enfrentarnos al devenir con un poquito de alegría y de compás. Y sonreírnos, transformar.

 

 

Imagen: https://www.flickr.com/photos/pedrosimoes7/27172623985

 

 

 

 

Vapor de regaliz

Espero que estas letras te encuentren agustito, cerca de ti, lejos del ruido. Yo así te escribo, mientras me abro al calor de los vapores de una infusión de regaliz y milenrama. Fuera llueven plagas milenarias, la peste del miedo, máscaras de cuero viejo con forma de pico de rapaz.

 

Nos echo de menos.

 

Echo de menos nuestro calor, nuestra presencia salvaje, nuestra batalla pertinaz de generosidad y belleza. Echo de menos la espiral del bosque, los versos que escriben con su crecer las flores, las telarañas. Echo de menos el agua del arroyo, el aire del mar, los besos drásticos y sin paliativos. ¿Dónde estamos? ¿Acaso nos hemos perdido?

 

Sonrío y te recupero. Siento que nos llevo en la toquilla morada, en ese libro de fuego, en la figurilla de madera que me pende en el pecho de un cordón misionero. Estamos en aquella postal que viste mi pared, en el humo del palosanto que nos lava el aire, en las legumbres remojando/retozando en el plato de latón lacado.

 

Quiero que estés bien en estos tiempos tan raros. Te deseo semillas, aguas, raíces, tierra. Te deseo imágenes benevolentes y que te encuentren esas ficciones tiernas que te sacarán, seguro, de esta y de más. Espero que no digas palabras sino que digas lenguas. Que no abrigues las pieles sino los huesos. Y sobre todo, que no te saquen de tu casa, que no te saquen del cuerpo. Que desde allí puedas viajar a donde se te espera. Aquí conmigo, tal vez. Alli contigo.

 

Eucaristía del cuerpo consagrado

 

Ya desde el pórtico te seducen los sahumerios. A los lados, en incensarios de filigrana de plata arden trenzas de romero, salvia y menta untadas en resina de pino de mar, que van abriendo dulce y lentamente sus fragancias al paciente amor de la pavesa. Los aromas van penetrando tu conciencia rendida como una llave de vahos en espiral.

Caminas lentamente, y el mármol del templo se va inclinando a tu paso para ayudarte a llegar. Según avanzas van cayendo tus ropajes, tus joyas, los poderes mundanos, las neblinas del pensar, las palabras que sobran, el alquitrán. En plena y digna desnudez lunar llegas ante ellas. Te presentas. Ellas llevan túnicas y velos de vapor y sueño. Y solo hablan el lenguaje de la piel. Te reciben.

Empezáis el trabajo por los pies. Benditos sean los cimientos alados que te han traído hasta aquí, hasta el corazón lúbrico del templo. Alabáis lo rugoso de la piel de la planta, que a la vez es ternura y clama: caricia, espasmo, pasión, lamido. Dejáis poemas entre los dedos y ellas te imprimen bendiciones en las uñas, escuchan amorosamente a tus tobillos, hormiguean en tus tensas corvas y las hacen, por fin, descansar en la yerba al sol. En las rodillas alzáis plegarias a la dualidad original del turgente hueso y de blanda la corva que te permiten hacer y ser, y caminar vegetal y flexible, y no quebrarte.

Ya no ves tu cuerpo sino que lo eres tan plena y gozosamente que no puedes estar tan fuera de él como para mirarlo ni como para que te duela. Ahora, ellas también están desnudas. Cuando llegáis a los muslos, se echan a temblar los peces ciegos del inframar. Muslos de agua salada y mareas de miel que fluyen. En el coxis, suenan todas las músicas que has escrito con las ancas al caminar. Se oyen percusiones místicas, golpes de palma en la piel tensa del tamboril.

De repente, comienza el canto de unos labios acallados al abrirse, un desperezarse de granada henchida en sangre y en pepitas. Se está entreabriendo una voz que entona melodías como de alga rizada y zarzamora. Ellas lo saben y escuchan con los ojos cerrados y la boca abierta para poderse beber la canción toda.

Ellas siguen la labor y se acaracolan ahora en tu caldero vientre, cogidas de las manos en un corro. Hacen con su alquímica presencia que el veneno se torne latido de vida salvaje y plena. Te limpian con el humo ardiente de su aliento, queman con lenguas de fuego pétalos de palosanto y rosa en el espacio sagrado de tu útera al palpitar. Hecho esto, puestas en fila, contienen ahora tus pulmones como arena de playa entre manos inocentes. Tienen todo el tiempo del mundo para danzar la tonada de tu respiración. Se mueven felinas, gustosas, éxtasis. Saben que el alimento aire es el más preciado don que anima el agua de tu sangre y primavera. Respira. Respira. Respira para nosotras poder bailar.

La flauta se torna de nuevo tañido de tambor y, en el corazón, ellas te cuentan los cuentos-medicina que nunca antes habías escuchado, te desbrozan y limpian de rastrojos el prado del amar, y te dejan, como recuerdo, una medusa lila allí viviendo para que siempre sepas volver con los ojos de la víscera a tu visita al templo, para que no te vuelvas a alejar del territorio de tu carnalidad relatada.

En los brazos, poco a poco, con cosquilleos y susurros se van marchando. Con dedos templados inscriben letras antiguas en la piel suavísima de entre el corazón y la fosa del codo. Recitan nombres ya muertos y enterrados pero que aun dicen, les susurran a tus dedos nuevos platos que sabrás cocinar; presiones, roces y surcos que sabrás ejercer sobre otros cuerpos presentes para el amor; profecías y otras semillas para el campo fecundo del futuro.

Antes de irse, te lavan el pelo con vapor de azahar y manzanilla. Al hacerlo, te susurran silencios inmensos, bisbisean frutas. flores y secretos de humus en oídos abiertos como vulvas en ofrenda. Con todos sus dedos desfilando como blancas novias por tu cara, se visten, se van, se mueren de risa, se quedan.